En este
ensayo se analiza el desarrollo de la acción del
Quijote, partiendo de unos postulados
aristotélicos, para averiguar hasta qué punto la
intención declaradamente
cómica y paródica de Cervantes hubiera podido ser transformada
por la
invención del autor. Se intenta
demostrar que Cervantes llega a crear una narrativa que, vista en su totalidad,
incorpora algunos -pero no todos- los elementos principales de una
acción trágica o épica según los criterios de
Aristóteles. De ahi que la crítica moderna desde el Romanticismo
haya encontrado efectos trágicos en la novela a pesar de que los
contemporáneos de Cervantes no parecen haber considerado el
Quijote como algo más que un libro
burlesco. Sin embargo, estos elementos semi-trágicos no reflejan
necesariamente una visión 'proto-moderna' del mundo sino que surgen
gracias a una lógica estética condicionada por la peculiar locura
de don Quijote y elaborada por la invención de Cervantes a lo largo de
su narración.
Con el
Viaje del Parnaso intenta Cervantes
reivindicar su capacidad poética ante el mundo de las letras: la
ficticia llamada al Parnaso por el mismo Apolo es réplica
satírica al rechazo de los Argensolas. Pero Cervantes sabe muy bien que
los elogios del autor prodigados por Mercurio y Apolo van a carecer en la
realidad de toda validez. Por tanto pone en juego una maniobra ingeniosa
calladamente, a lo largo de la narración, va creando para el
autor-personaje una «persona» poética impresionante,
conforme a los preceptos y criterios del
Cisne de Apolo de Luis Alfonso de
Carvallo: propaganda personal, por consiguiente, la cual, sin embargo, es
también propaganda general en pro de «la divina
poesía», de los valores morales y de la fe
católica.
Las dos doncellas sirve como medio en el cual Cervantes
presenta dos mujeres de diferentes tipos para entonces señalar la que
él prefiere como heroína de su obra. Su preferencia se revela en
la resolución de la novela, como sólo una de las mujeres alcanza
su propósito verdadero. Dentro de las normas de su época,
Cervantes permite que las mujeres sean «atrevidas» en su
búsqueda para recuperar su honor lastimado. En esto, sigue modelos
italianos y bizantinos. El autor deliberadamente desarrolla las complicaciones
en la trama de la novela para crear un ambiente de confusión, pero nunca
se pierde la idea central de que una de las mujeres es superior a la
otra.
El novelista
norteamericano Thomas Pynchon escribió el cuento «Low-lands»
(publicado 1960) cuando era estudiante en la universidad de Cornell. A mi
parecer, hay marcadas resonancias de Cervantes en este cuento posiblemente
influido por la interpretación del
Quijote de V. Nabokov, uno de los
profesores de Pynchon. Como don Quijote, el protagonista Flange decide buscar
aventuras. Aburrido de su vida respetable y mal comprendido por su mujer,
Flange sale de su casa acompañado del grosero marinero Pig Bodine,
antiguo compañero suyo que se parece un poco a un Sancho degenerado. Una
noche el soñador Flange obedece a la llamada de una hermosa
«gitanilla» y desciende con ella a un basurero misterioso, para
soñar despierto sus ensueños, como don Quijote en la cueva de
Montesinos. En contraste, sin embargo, con el desenlace desengañado del
Quijote, el joven Pynchon cierra su
cuento con Flange perdido en un mundo fantástico, prefiriendo jugar a la
vida con la pequeñita Nerissa.
Uno de los
muchos elementos de carácter meramente tipográfico de los que se
puede uno valer para delimitar las tareas de los cajistas que compusieron las
primeras ediciones del
Quijote (Madrid, Juan de la Cuesta, 1605
y 1615), es la incidencia de las variantes «» y «sl» en formas verbales
terminadas en «s» con complemento enclítico directo o
indirecto de tercera persona. Cada cajista tendía a usar ya fuera una o
la otra variante, y esta costumbre no solamente apunta al cajista que compuso
la lectura, sino que también ayuda a seleccionar la forma más
adecuada de reunir en una línea toda lectura de este tipo que aparece
dividida en dos líneas en las primeras ediciones del
Quijote; por ejemplo, mandarnos | lo >
mandarnolo >
contaros | lo > contaroslo; verei | lo > vereislo.
During the
period 1750-1782, Spain published more editions of
Don Quixote than at any other time. A
special type of
Quixote, illustrated with woodcuts and
very cheaply priced, was sold in the street; it was published by M.
Martín between 1765 and 1782, in a total edition of approximately 30,000
copies (9 printings). Another
Quixote, with plates and engravings, was
published for middle-class professionals by A. Sancha and Ibarra, in a printing
of 3,000 copies. Yet a third type, intended for the aristocracy and as official
gifts of the govenrment, was published in 1780 in an edition of 1,000 copies by
the Royal Academy. A particularly significant aspect of these newly compiled
statistics is the light they shed on a previously unsuspected, or at least
insufficiently appreciated, phenomenon: the extent to which this most
intellectual of Spanish literary texts penetrated the popular culture of the
period.